Hay días en los que el flamenco sale a tu encuentro, en los que el cante brota con un afán imponente, con una sensibilidad tan oportuna que es capaz de derretir los corazones más duros o derribar las torres más altas. Hay momentos en los que conviene cerrar los ojos, dejarse arrastrar por las sílabas, sentir cómo las notas van penetrando poco a poco por la epidermis hasta alcanzar lentamente o de improvisto donde residen los inescrutables cimientos en los que se agarra el alma.
Y es que hay días, como el jueves, en los que el cante sorprende y engancha; jornadas memorables en los que aparece una nueva voz que es mucho más que una voz. De echo, María José Pérez es una cantaora múltiple que ser multiplica en cada eco y que se conoce al dedillo todos los rudimentos que hacen del flamenco una técnica indispensable, una sutil armonía de tiempos y espacios, de compases y silencios, de mecánicas rítmicas que se deslizan por el aire del Salón de Columnas como si fueran brinzas de viento de una parque en otoño.
Pero volvamos a María José, una hermosa criatura de apenas veinte años que es capaz de transportarnos con su eco a todas las geografías del cante sin apenas despeinarse, sin darse importancia, sin atribularse ni cuando decidió prescindir de megafonía para llegar con su voz, más limpia y cristalina, a cotas de poderío desacostumbradas.
Era el flamenco, señores!, parecían mascullas para su camisa los aficionados después de dibujar una caña intensa y preciosa, un bellísimo cante donde se adivinaban con claridad los ecos de Rafael Romero El Gallina, o la granaína, sutil y preciosista al principio y negra y honda después de la fabulosa falseta de un Miguel Ochando que estuvo sencillamente magistral, discreto, repleto de hondura por momentos y siempre, redondo y perfectamente acompasado con la voz de María José.
En los toros a ese momento entre la muleta/guitarra y la embestida/cante se le denomina temple y los toreros dicen que se nace con él puesto, que no se puede ensayar, que surge porque tienes que surgir y que responde a extraños mecanismos metafísicos, a dictámenes que no es conveniente explicar porque quizás no se pueda y si se puede no conviene. El caso es que esta joven almeriense fue paseando por Andalucía; se detuvo en malagueñas que la abandoló y la paseó por las míticas serranías. También se fue por Cádiz, por cantiñas con aires de Pepa, por tientos-tangos, por fandangos -el primero bellísimo- y por seguirillas, donde mostró su raza de cantora, la dote con la que ha nacido para el mundo flamenco.
Ir a Versión En Inglés
Copyright © 2008 María José Pérez. All rights reserved.