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Flamenco en el Morato. La joven cantaora Mª José Pérez ofreció un magnifico recital en la cueva de la peña almeriense.

La Voz de Almería - Consuelo Milán - 9 de Marzo de 2007

Desde la primera vez que la oí cantar predije de ella que sería una gran cantaora. Y así lo comenté con algunos amigos flamencos. Hacía tiempo que no la escuchaba aunque sí seguía su trayectoria artística con mucha atención por las expectativas que, como artista, tengo puestas en ella.

El pasado día Diez de Marzo cantó en El Morato y, esa noche, fui expresamente para escucharla de nuevo.

Acompañada por el veterano Niño de las Cuevas con su guitarra “Gerundina”, abrió el recital con unos Tientos-tangos. Siguió embrujando la noche con la interpretación de otros palos y cantes que, por su extensión, no voy a enumerar aquí. Lo que no puedo omitir es la magia, rajo y hondura con que los interpretó. El lacerante desgarro de la “Seguidilla”, en la portentosa y equilibrada voz de María José, es una autentica “faca de luna” que penetra hasta las entretelas mas profundas del sentimiento. No me duelen prendas confesar que, en algún momento, justificándome a mí mismo con la excusa de fumarme un cigarrillo, salí a la calle desde donde la seguía escuchando, porque no podía evitar que unas lágrimas de emoción rodaran por mi cara.

Cuando uno conoce y siente el Arte desde dentro, tiene una distinta sensibilidad para apreciarlo y, así, reconocérselo abiertamente a quién es capaz de crearlo y transmitirlo.

María José Pérez es una mujer muy joven. No obstante esa juventud, canta con una voz, oído, compás y gusto, ensoñadoramente singulares.

El cante, como el baile, y otras artes, no serían tales si sus protagonistas no tuvieran la capacidad o cualidad de aportar y trasmitir eso, que, especialmente en el flamenco se llama “pellizco” o “duende”; palabras que en sí mismas aglutinan la emoción, el asombro indefinible y la placentera inquietud interior, de quienes los perciben.

Escuchándola cantar, subyugado por ese embrujo que tiene para hacerlo, uno cree ver y sentir revolotear a esos “duendes” que la envuelven, susurrando y motivándole la inspiración para hacerla arrancar de su garganta y pecho esa forma tan convincente de interpretar, o decir, los cantes. De ahí, del prohijamiento de esos oníricos e intangibles “seres” que parecieran mimarla, alentarla y sumergirla en la antigua, pero siempre fresca, hondura del Cante, haciéndola beber en la exquisita pureza de sus viejas fuentes.

Estamos, probablemente, ante la mayor exponente del Cante Flamenco que haya nacido en Almería. Esto, a algunos, le puede parecerle exagerado, pero el tiempo lo dirá.

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